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Manual que no vino en la caja (Pero yo lo estoy escribiendo).

  • Apr 2
  • 4 min read

La casa está en silencio… de ese silencio raro que solo dura unos segundos antes de que todo empiece otra vez.

Hay juguetes en el piso, una media que no sé de quién es, una taza de café que ya se enfrió… y yo, parada en el medio, respirando.


Y entonces se escucha.

Un pasito.

Luego otro.


Y ahí está Josheiry.


Mirándome como si ya supiera algo que yo todavía estoy aprendiendo.


Ser mamá de ella no se parece a lo que me contaron.

Pero tampoco cambiaría esta historia por ninguna otra.


Josheiry es autista nivel 2.

Eso, en palabras simples, significa que necesita apoyo más constante en su comunicación y en su forma de interactuar con el mundo.

Que hay cosas que para otros son naturales… y para ella son un esfuerzo real.


Pero lo que no dice esa definición…

es quién es ella.


Porque Josheiry no es un diagnóstico.

Es una niña inteligente, observadora, intensa, dulce… y con una forma de aprender que a veces hasta me deja sorprendida.


Porque sí… ella es inteligente.

Y no solo de corazón.


Académicamente me sorprende.

Aprende a su ritmo, pero cuando conecta… conecta de verdad.

Tiene una lógica suya, una manera de entender que no siempre sigue las reglas tradicionales, pero funciona.

Y cuando tú la ves lograr algo, tú dices: espérate… espérate un momento.


Y ahí es cuando tú entiendes que no es que no puede.

Es que lo hace diferente.


Y también es cariñosa.

Demasiado.


De hecho, yo creo que es más sociable que yo… y eso ya es decir mucho 😅


Se acerca, abraza, da besos como si el mundo fuera bueno siempre.

Como si no existieran barreras.

Como si la gente no complicara tanto las cosas.


Y ahí entra Bella.


Tan chiquita… apenas seis meses.

Y aun así, cuando Josheiry la abraza, parece que se entienden sin palabras.

Como si hablaran el mismo idioma de amor.


Josheiry la besa, la mira, la toca con una delicadeza que no se enseña.

Y Bella responde con esa inocencia pura… esa misma que vive dentro de Josheiry.


Es impresionante.


Porque en un mundo que a veces no la entiende…

ella sigue dando amor sin medida.


También está Jazheily.

Un año menor, pero con ese vínculo de hermana mayor, la corrige, la ayuda, la entiende y le da esa conformidad que no necesita explicación.

Y juntas… todas.


Porque aquí no es solo ella.

Aquí somos nosotros.


Ricky… super papá presente.

Pero presente de verdad.


De los que están sin tener que pedirlo.

De los que entienden que esto no es fácil… pero tampoco se van. Josheiry es su sol.


La enseña

La educa

Siembra en ella valores, y es hermoso ver como un padre “añoña” tanto a su hija.

Y en este camino, me toco presenciar una bendición grande.


Porque criar a una niña como Josheiry… no es trabajo de una sola persona.

Somos equipo.

Somos familia.

Es amor en acción.


Pero no todo es bonito.


Hay una parte que nadie te cuenta.


Cuando tú tienes una niña como Josheiry… el mundo se pone raro.


Las invitaciones bajan.

Los cumpleaños dejan de llegar.

Las amistades… se sienten más lejos.


No porque tú cambiaste.

Sino porque la gente no sabe cómo acercarse… o simplemente no lo intentan. ( Y esta bien, ustedes no hacen falta en esta historia)


Mas te das cuenta de algo fuerte:


El sistema no está hecho para ustedes.


Te sueltan.

Te dejan averiguar.

Te hacen sentir que tienes que resolver sola algo que no es pequeño.


Y al final… te quedas con los tuyos.


Y ya.


Pero ¿sabes qué?

A veces eso también es suficiente.


Y en medio de todo eso… estoy yo.


Yo, que no crecí con una madre presente.

Yo, que sé lo que es sentir ese vacío.

Esa falta que no se explica… pero se queda.


Yo no tuve ese ejemplo.

No tuve ese cuidado.


Pero quizás por eso… soy quien soy hoy.


Porque yo no sé lo que es que una madre esté…

pero sí sé lo que es necesitarla.


Y eso cambia todo.


Porque yo no voy a repetir esa historia.

Es de sabios saber romper ciclos.


Yo estoy.

Yo me quedo.

Yo no soy una mamá perfecta… pero no soy negligente.

Y para mí, eso es grande.


Y Dios…


Dios no se equivoca.


A veces yo me cuestiono de forma jocosa “Conchole, y como Dios se fijo en mi para ser una madre azul?”

A veces yo me canso.

A veces siento que no doy lo suficiente.


Pero Él no dudó.


Él me eligió.


Y no como un castigo…

como un reconocimiento.


Porque Él sabía que yo iba a estar.

Que yo no me iba a rendir.

Que yo iba a amar desde un lugar mucho mas profundo… aunque no lo haya recibido igual.


Y eso… eso es una bendición.


Hay días difíciles.

Días donde ella se frustra porque quiere hablar… y no puede como los demás.

Y eso duele.


Pero también hay días donde ella lo intenta tanto…

que tú te quedas en silencio, mirándola… aprendiendo de ella.


Porque su fuerza no hace ruido.

Pero se siente.


Esta no es una historia perfecta.


Es una historia real.


De amor, de esfuerzo, de dudas, de aprendizaje.


Pero si hay algo que yo tengo claro… es esto:


El día que yo no esté…

quiero que ella recuerde una cosa:

que su mamá nunca la dejó sola, ni siquiera cuando el mundo lo hizo.


Y mientras tanto…


yo sigo aquí.



Aprendiendo.

Amando.

Y escribiendo este manual…

todos los días.


-Heiddy F.




 
 
 

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